Me llamo Macarena Gómez, tengo 37 años y llevo más de una década trabajando como camarera.
Amo mi trabajo —el ritmo, la gente, sentir que todo sale bien—, pero llegó un punto en el que mis pies no podían más.
Cada turno era una tortura. Terminaba con los talones ardientes, la planta del pie en llamas y una sensación de pinchazos cada vez que apoyaba el talón.
Al despertar, el primer paso era un calvario. Y el siguiente, igual. Los zapatos cómodos ayudaban un poco, pero el dolor volvía al poco rato.