Las rodillas sanas suelen tener amortiguación y lubricación entre las articulaciones. Esto permite que los huesos de las rodillas se deslicen con suavidad, como una máquina bien engrasada.
Sin embargo, tras años de caminar, correr, agacharse y realizar otros movimientos, esta amortiguación se desgasta. Y el lubricante que asegura el deslizamiento de las articulaciones se secan como un lago en una sequía.
Lo que queda son articulaciones de rodillas expuestas y desmenuzables que se frotan y rechinan entre sí, haciéndolas más parecidas a tiza vieja que a hueso.
Quizás ya estés lidiando con la agonizante fricción entre huesos. Si no es así, aquí tienes las primeras señales de advertencia: